Quien camina hoy por la Plaza General Pueyrredón, en el corazón del barrio porteño de Flores, se encuentra con un espacio vibrante: el murmullo incesante del comercio, los paseos familiares y el pulso rabioso del tránsito sobre la Avenida Rivadavia. Sin embargo, muy pocos transeúntes imaginan que bajo las veredas de este agitado punto neurálgico descansan las huellas de un escenario punitivo y sangriento que la memoria de la ciudad terminó por sepultar.
Para entender la magnitud de este espacio hay que remontarse a sus orígenes. La traza original del pueblo fue encargada a comienzos del siglo XIX al agrimensor Antonio Millán sobre los terrenos que pertenecían a Juan Diego Flores. Con la creación del curato en mayo de 1806, el poblado de San José de Flores se erigió a la vera del antiguo Camino Real del Oeste como un enclave clave para el abastecimiento de Buenos Aires. Su plaza principal nació como un espacio multipropósito: paradero de carretas, mercado rural y centro de la vida social y religiosa. Pero también, cuando la política bonaerense lo exigió, fue el teatro del terror estatal.
El hecho más sombrío e impactante ocurrió en 1832. Frente al mismísimo templo parroquial —allí donde hoy se levanta la majestuosa Basílica de San José de Flores, a metros del cruce de Rivadavia con la calle Pedernera—, dieciséis hombres fueron fusilados en simultáneo por orden del gobernador Juan Manuel de Rosas.
¿Cómo se transformó un apacible pueblo periurbano en el escenario del mayor fusilamiento público de la época, y de qué manera ese suelo marcado por la sangre mutó hasta convertirse en la plaza cívica y recreativa que conocemos hoy?
Sociabilidad de fin de semana y ejecuciones al aire libre: La macabra paradoja de la frontera
A principios de la década de 1830, la Plaza de Flores encarnaba una profunda contradicción. Por un lado, constituía el epicentro del ocio dominguero para los vecinos del partido, quienes se congregaban a presenciar vistosas corridas de sortija, paseos a caballo y celebraciones patronales. Por otro lado, la escasez de patrullaje policial en los partidos vecinos de La Matanza, Lobos y Navarro convertía a las inmediaciones en un territorio frágil, asolado por gavillas armadas de salteadores de caminos y cuatreros.
Frente a esta inseguridad endémica, el primer gobierno de Juan Manuel de Rosas (1829-1832) consolidó una estricta doctrina penal. Imposibilitado de desplegar una policía permanente a lo largo de una frontera rural extensa y porosa, el Estado provincial optó por trasladar la pena capital al corazón geográfico de los pueblos. Convertir la plaza pública de Flores en un escenario de escarmiento respondía a un cálculo deliberado: la visibilidad del castigo y el impacto psicológico del terror buscaban suplir la falta de efectivos, utilizando la disuasión directa para imponer el orden social.
El castigo no concluía con la muerte física de los criminales; el verdadero objetivo residía en la escenificación pública. Convertir el suplicio en un espectáculo colectivo permitía grabar en la retina y el alma de los vecinos el costo de la desobediencia, utilizando la exhibición de los cuerpos como un dispositivo pedagógico para modelar la conducta ciudadana a través del temor.
De la sangre de los reos a la primera calesita: La metamorfosis de la Plaza Flores
Durante las décadas de 1840 y 1850, la Plaza Flores continuó sirviendo de forma esporádica como campamento militar para tropas y escenario de fusilamientos de desertores y prisioneros políticos. Asimismo, el poblado fue sede central de eventos históricos de trascendencia nacional, como las negociaciones que derivaron en la firma del Pacto de San José de Flores en 1859.
No obstante, a medida que avanzaba la segunda mitad del siglo XIX, el avance de la modernización transformó radicalmente la fisonomía del lugar:
- 1857: La llegada del Ferrocarril del Oeste conectó definitivamente el pueblo rural con el centro porteño, convirtiendo la zona en un polo de abastecimiento y residencia.
- 1862: El espacio castrense y sangriento dio un giro inesperado hacia la recreación familiar cuando se instaló en el paseo una de las primeras calesitas de la ciudad de Buenos Aires.
- 1871: La incorporación del servicio de tranvías urbanos aceleró la parquización del antiguo potrero para transformarlo en un paseo cívico y ajardinado.
- 28 de noviembre de 1894: El predio fue rebautizado oficialmente mediante ordenanza como Plaza General Pueyrredón.
A pesar del cambio de nombre institucional que perdura en los carteles oficiales, la memoria popular de los porteños fue inflexible: el espacio sigue y seguirá siendo, de forma inalterable, la Plaza Flores.
La memoria invisible del espacio urbano
Los fusilamientos de 1832 en la Plaza Flores sintetizan la gran metamorfosis del siglo XIX argentino: la dramática transición desde una sociedad de frontera rural —donde el Estado fundaba su soberanía mediante la exhibición sangrienta del suplicio en la plaza pública— hacia una metrópoli urbana, moderna e institucionalizada.
Hoy, mientras cientos de personas cruzan la plaza para tomar el subte, hacer compras o sentarse a la sombra de sus árboles a metros de la Basílica, el suelo guarda en silencio los ecos de aquel pasado sombrío. La próxima vez que camines por las veredas de Rivadavia y Pedernera, vale la pena detener la marcha por un instante y reflexionar: ¿cuántas capas de historia invisible se ocultan bajo el cemento de los lugares cotidianos que atravesamos día a día?






