Plaza Flores: el paredón de fusilamiento del siglo XIX

Hace casi 200 años, a metros de donde hoy está la calesita se realizaron ejecuciones públicas.

Durante la primera mitad del siglo XIX, la actual Plaza General Pueyrredón (conocida popularmente como Plaza Flores) ya estaba emplazada a la vera del antiguo Camino Real del Oeste, la actual Avenida Rivadavia, cumplió funciones heterogéneas que abarcaban desde potrero y parada de carretas hasta espacio de sociabilidad dominguera y escenario de ejecuciones públicas.

Así, Flores articulaba un marcado contraste entre la vida social comunitaria y la inseguridad rural de los caminos vecinos. Mientras que la plaza albergaba paseos a caballo, corridas de sortija y festejos populares, la precariedad de los dispositivos policiales en las jurisdicciones de La Matanza, Lobos y Navarro favorecía la proliferación de gavillas armadas dedicadas al asalto de viajeros y al cuatrerismo.

En este contexto, el primer gobierno de Juan Manuel de Rosas (1829-1832) abordó esta problemática mediante una política penal punitiva e inflexible. Con el fin de resguardar la propiedad privada e instaurar el orden en la campaña, la administración rosista recurrió al uso sistemático de la pena capital en espacios públicos centrales, transformando las plazas de los pueblos periurbanos en escenarios de escarmiento.

Por ejemplo, en la Plaza Pueyrredón en 1832, cuando cerca de dieciséis hombres fueron fusilados de manera simultánea bajo la administración del gobernador Rosas. Los reos procesados pertenecían a distintas bandas armadas acusadas de asaltos, homicidios y deserciones en el oeste bonaerense, e incluían tanto a delincuentes reincidentes que habían violado perdones anteriores como a personal policial infractor.

El fusilamiento de 1832 no constituyó un episodio aislado en la historia del barrio, sino la manifestación de mayor alcance dentro de una secuencia de ejecuciones e intervenciones militares desarrolladas en la Plaza Flores a lo largo del siglo XIX. En las décadas de 1840 y 1850, el predio sirvió intermitentemente como sitio de fusilamiento de prisioneros y desertores, así como de campamento para las tropas durante las disputas armadas entre la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires.

Con el avance de la segunda mitad del siglo XIX, la infraestructura de transporte modificó sustancialmente la dinámica del poblado. La habilitación del Ferrocarril del Oeste en 1857 y la posterior llegada de los servicios de tranvías en 1871 aceleraron la urbanización del entorno e impulsaron el perfil comercial de la zona. Como consecuencia directa, el espacio de la plaza fue perdiendo sus usos punitivos y su función de potrero para dar paso a trabajos de parquización. En 1862 se instaló en el paseo una de las primeras calesitas de la ciudad, y en 1894 las autoridades rebautizaron el predio como Plaza General Pueyrredón.

Los fusilamientos ejecutados en la Plaza de San José de Flores durante el siglo XIX expresan la evolución de las formas de castigo, el control social y la organización estatal en la Argentina rural y suburbana de la época. La ejecución masiva de 1832 evidencia cómo la administración de justicia recurrió a la visibilidad del suplicio como herramienta disuasoria frente al bandidaje y la reincidencia en la campaña bonaerense. Con el correr de las décadas, la paulatina institucionalización del Estado y la integración de Flores a la trama metropolitana transformaron de manera definitiva la función del espacio público, que pasó de ser un terreno coercitivo a convertirse en un paseo cívico y centro de la vida social porteña.

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