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César Aira en el Museo

 

Nació en Pringles (provincia de Buenos Aires) en 1949 y es vecino de Flores desde que tiene 18 años. Hoy tiene 72. Esos son dos de los escenarios más recurrentes de su extensa obra, que acaba de llegar al libro número 107. Sus obras son editadas en más de 30 países, de varios continentes. En este sentido, el Museo tiene la colección más importante del autor en el mundo, con varias de ellas, exhibidas, en muchos casos siendo primeras ediciones o tiradas muy cortas.

La belleza de sus tapas o las publicadas desde el alemán, inglés o japonés, hacen del autor un ser único, que pasará a la posteridad. Un dato interesante que se suma al mágico mundo de César Aira, es que en su última novela “El Pelícano”, menciona al presidente del Museo Barrio de Flores, en varias de sus páginas, tomándolo como uno de sus personajes centrales en su novela. Una muestra más de su trabajo en el barrio, junto a obras legendarias como “La Mendiga” o “Las Noches de Flores”, para citar algunas de ellas.

El autor fue finalista en 2015 de uno de los premios literarios más prestigiosos del mundo, el Man Booker International. A su vez, en sus inicios fue traductor, entre otros best sellers, de Stephen King.

A César Aira se lo podría narrar así, a través de paradojas. La excentricidad de su escritura, mezclada con su erudición, durante mucho tiempo partió aguas entre fans y detractores. “Es un genio”, “es un frívolo”, son las dos puntas del Boca-River literario que provoca. De culto más que famoso, igual se instala como indiscutible dentro del panorama literario.

Sus historias no tienen género, pero podrían ser, como alguna vez dijo, de “realismo delirante” o “cuentos de hadas dadaístas”. Aunque eso es apenas la punta del iceberg. Aira también piensa y analiza la literatura, es experto en Copi y Alejandra Pizarnik, transita el realismo, la lírica, la sencillez, lo concreto, lo fantástico.

Patti Smith, que reseñó para The New York Times la colección de relatos El cerebro musical (2005), publicada en inglés como The Musical Brain (2015), dijo que Aira tiene una “mente improvisadora” y un “ojo cubista que ve las cosas desde muchos ángulos al mismo tiempo”. La cantante y poeta es fan del autor desde mucho antes, y en su blog contó alguna vez que llegó a sus libros después de haber leído a Bolaño.

Lejos de todo, literalmente, ya que casi no da entrevistas, no escribe contratapas, no presenta libros, no merodea el ambiente, Aira solo se dedica a escribir. “Me gusta su manera de no pertenecer al mundito literario. No es una pose, le creo de verdad. Que le dé la espalda a toda la parafernalia de actividades que los escritores hacemos de manera gratuita, invirtiendo tiempo a cambio de casi nada, un poco de publicidad, me inspira mucho respeto”, dice la escritora Selva Almada, que agrega: “También lo envidio por vivir con Liliana Ponce, una de nuestras poetas más exquisitas”.

Para muchos es el autor argentino más importante de su generación. A la vez, aunque cada vez menos, sigue siendo, de algún modo, una suerte de problema para el canon.

Tanto Aira, como su obra, transitan la contradicción de ser tan reconocidos como ninguneados. “Probablemente el efecto de descolocación que Aira produjo y no deja de producir genera que se lo compare con Borges para expresar entusiasmo o se lo dictamine ‘frívolo’ para expresar condena. Para mí, no es ninguna de las dos cosas. A veces se lo lee mal, superficialmente. Son rasgos de esas lecturas, no de sus textos. Considero que escribe extraordinariamente bien y me interesa, en particular, el modo en que sus novelas enlazan narración con teorización”, dice el novelista Martín Kohan, que además lleva años leyéndolo y escribiendo sobre sus libros.

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