Baldomero en Flores

Hubo una época en la que vivieron todos juntos: Roberto Arlt, Alfonsina Storni, Oliverio Girondo, Baldomero Fernández Moreno, Conrado Nalé Roxlo y Juan José de Soiza Reilly. En el barrio de Flores se dio esta abigarrada convivencia literaria. Quizá porque es una de las zonas más heterogéneas y misteriosas de Buenos Aires. Estimula la imaginación. Alejandro Dolina la hizo predilecta de ángeles y de soñadores sensitivos.

La vivienda que perteneció a Fernández Moreno está ubicada en Francisco Bilbao 2384. Por ley 24.678, en 1996 se la designó «monumento histórico artístico», aunque el Gobierno porteño no invirtió para adquirirla, ni para mantener sus veredas o concluirla en algún circuito literario.

Hoy, nuestro Museo acompaña al gran poeta de Flores con varias de sus primeras ediciones, un cuadro especial pintado por el artista Carlos La Rocca y una fotografía autografiada, entre otros materiales.

La casa del escritor posee un detalle estructural bastante curioso: a la parte alta se puede acceder tanto por una escalera interior como por otra que está afuera, en el jardín. En la de afuera, fue especialmente construida por el escritor para acceder directamente a su oficina, en el último piso de la propiedad.

El escritor fue ocupante del palacete desde 1938, cuando lo compró al ingeniero italiano Máximo Stunzi, que lo construyó en 1918 junto con su similar lindero. Luego, perteneció a Teresa M. de Russo, de quien lo heredó su hija, Ana Elena Russo. Viuda y con una magra pensión, esta propietaria no pudo mantener la mansión, de 7 habitaciones, 3 baños y dos grandes salones, que tiene otra salida-garaje por el pasaje Robertson. Pasaron varios años sin interesados en su compra, hasta que fue adquirida por un matrimonio de periodistas, Norberto Colominas (Clarín) y Miriam Lewin (Telenoche).

Cuentan que el poeta pudo comprar la casa con los 20.000 pesos que le dieron al ganar el Premio Nacional de Poesía, en 1935. Otro galardón importante fue el Gran Premio de Honor de la SADE, en 1949.

Murió el 7 de julio de 1950, cuando iba a un teatro para ver «La muerte de un viajante», de Arthur Miller.